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Helena Rizzo

abril 16, 2022

Una bella Chef amazónica con estrella Michelín

helena rizzo
Helena Rizzo / Foto vía: Pinterest.com

Helena pudo haber estado en una portada de Vogue, porque desde niña soñaba con ser modelo de pasarela. Y tiene con qué. Es una bella mujer, delgada, grácil,  de casi 1,70 de estatura y la frescura juvenil en su cara y en su sonrisa, en un marco de numerosas pequitas.  O pudo haber sido una arquitecta, enredado en diseños vanguardistas del vertiginoso y deslumbrante Brasil, que se levantaba ante sus ojos de inquieta estudiante universitaria. Pero no. Cambió los trazos elegantes de los planos arquitectónicos por los sofisticados aparatos y utensilios de cocina, y clausuró la pasarela de la moda, para apostar en el mundo de la alta cocina.

Índice

Helena Rizzo, una Chef amazónica con estrella Michelín

Hizo pasantías con grandes chefs brasileños  paulistas (Enmanuele Bassoleil, Luciano Bosseguia y Neka Menna Barreto), y con ganas de respirar otros aires en su búsqueda existencial,   arregló sus maletas  y se marchó en 1999, con apenas veintiún años de edad (nació en Porto Alegra, de Rio Grande do Sul, en 1978) a Milán, Italia, para empezar a construirse un futuro culinario en el celebrado restaurante Sadler, que tenía dos estrellas Michelín. De allí pasó en 2002 a trabajar con los hermanos Roca en El Celler de Can Roca, en Cataluña. Tuvo una breve pasantía como chef en el restaurante Moo, de Barcelona, perteneciente a los hermanos Roca. Pero  otra vez, tampoco no. La saudade brasileira la hizo regresar a su país natal, y en 2006, estableció el restaurante Mani, en Sao Paulo, con su esposo el chef español Daniel Redondo, que había conocido en España.

La primera lección: el oficio de la cocina es, desde el punto de vista profesional, un aprendizaje formal, que tiene un importante contenido teórico, pero su esencia es de índole  práctica. Se aprende viendo, probando, imitando, bajo la supervisión de otros chefs experimentados en el oficio. La cocina es ese tipo de oficio que se aprende haciendo, bajo una experta y estricta supervisión. 

Allí comenzó su segunda aventura con una pasión que había venido construyendo laboriosa  y apasionadamente en sus pasantías en Sao Paulo, Milán y Barcelona. Era el reencuentro con sus orígenes y la exuberancia de esa maravillosa y alegre aventura que se llama Brasil. Debía volver imperiosamente a sus raíces. Maní era el llamado. Así fue el nombre del restaurante que abrió en Sao Paulo con Daniel, su esposo, en el 2006. 

La leyenda de Mani

En la Amazonía brasileña circula la leyenda de una gran inundación y de un gran romance. Las aguas cubrieron la tierra, y no fue sino mucho tiempo después que la tierra emergió. Y la gente pudo  volver a buscar alimento para sobrevivir. En ese tiempo se conocieron la bella indígena Atioló y el valeroso guerrero Zatiamaré. De aquel enamoramiento nació una bella niña que Atioló llamó Mani. Pero la niña no era querida por su padre, que la despreciaba.  Luego nació otro hijo, un varón, al que se dedicó enteramente el padre, abandonando a su hija, Ella, entristecida,  pidió a su madre que la enterrara para terminar su sufrimiento. La madre cavó un hueco y la enterró. Pasó el tiempo. Un día  Atioló volvió al sitio donde había enterrado  a su hija y la buscó, pero no estaba. En su lugar crecía una planta arbustiva, con  hojas como manos y  provista de raíces gruesas como piernas. De la raíz se obtuvo una pulpa blanca que alimentó a su pueblo. Así nació la mandioca, que es uno de los productos imprescindible de la gastronomía de toda la cuenca amazónica. 

El restaurante

Así nació también Mani, en 2006,  el restaurante paulista en el que se recrea el talento creativo de Helena. Donde ella busca inspiración culinaria en las productos tradicionales de su tierra natal, como la yuca, aquella humilde mandioca, y pone en práctica e innova  los conocimientos recibidos en  sus pasantías culinarias con los maestros cocineros que le enseñaron las técnicas de vanguardia que ahora aplica en su cocina.

Esa es la segunda lección. Un cocinero debe hurgar en la memoria gustativa de su infancia y en  la biodiversidad y en el corpus culinario de su entorno,  para darle autenticidad a su propuesta culinaria. Es una forma singular de encontrar un estilo propio y ponerle la firma, siendo  fiel a la naturaleza de su origen.  

Así hizo Helena. Su restaurante Mani ha sido incluido entre los 50  mejores de su país, y luego de América Latina, en varias convocatorias hechas por la revista británica Restaurant. Helena ha recibido una estrella Michelín, y ha sido elogiada como una de las grandes chefs por la revista Food & Wine. Ella ha recibido el máximo honor al que puede aspirar una chef: el premio Veuve Clicquot a la mejor chef femenina del mundo, en 2014. Y,  en verdad, su entrega al oficio bien lo merece.


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