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El concepto de cosmovisión

septiembre 11, 2020

Mitos, ritos, creencias y comportamiento humano

concepto de cosmovisión

Desde tiempos remotos las personas se han hecho, en el seno de las agrupaciones sociales que integran,  muchas preguntas trascendentales  sobre la vida en general, y sobre su vida en particular, en especial sobre la finalidad o el sentido de la vida. Y han intentado responderlas. Tales respuestas  conforman la base de su cosmovisión, la visión de sí mismo, del mundo y del universo, y el marco general en el que la persona piensa y actúa.

Mitos, ritos y cosmovisión…

Esa cosmovisión, traducida generalmente en forma de creencias, mitos y ritos, no constituyó inicialmente una aproximación racional al mundo, sino que era una clase de conocimiento emocional, intuitivo, expresado simbólicamente.

Ese conocimiento se “racionalizó” en la medida en que nutrió un pensamiento y un comportamiento, cuando la persona  interactuó  con el mundo concreto (Restrepo 1998).

El mito constituyó una forma de incorporación de lo sagrado o sobrenatural, la energía del cosmos, en el marco de la cultura, buscando explicar  el origen y el sentido de la vida.

El rito, por su parte, es la manera como el hombre ordenó el tiempo sagrado (Eliade 1991).

Evolución biológica y cosmovisión…

Pero no siempre el hombre ha actuado así, porque para hacerlo debió antes haber desarrollado su neocórtex cerebral, que es la parte consciente del cerebro humano.

El neocórtex se encarga del razonamiento y de realizar la mayor parte de las percepciones sensoriales. Allí está también el registro de lo simbólico.

La conformación del  cerebro fue cambiando en la medida en que el hombre  evolucionaba (Homo habilis, H. ergaster, H. antecesor, H. heidelbergensis, H. erectus).

La evolución del género Homo comenzó hace unos 2,3 millones de años, pero el Homo sapiens hace unos 500.000 años, con una estructura dentaria y un cerebro mayor y más perfeccionado que sus antecesores.

La evolución se manifestó no solo en la elaboración de pinturas y grabados rupestres y en la creación y perfeccionamiento de herramientas de trabajo y de caza y pesca, sino también en sus expresiones sociales y artísticas.

El ser humano  desarrolló también su espiritualidad, llevándolo  a la realización de prácticas espirituales, enmarcadas dentro de lo que se ha llamado una religión “natural” o proto-religión. 

Durante el Paleolítico inferior, el ser humano  empieza a enterrar a sus muertos y a interesarse por el más allá.

Esos cambios que se van produciendo en su anatomía,  fisiología y capacidad cerebral, se produjeron  también en su entorno, y en la manera cómo el homínido, en proceso de convertirse  en “hombre” va construyendo una explicación del mundo y se va insertando en él.

Es decir, el hombre va armando su cosmovisión, que le permitió relacionarse con la naturaleza, las deidades y con los otros miembros de su comunidad (Restrepo 1998).   

¿Qué es el neocórtex?

La participación del neocórtex es muy importante en los cambios que están ocurriendo en la configuración cerebral del ser humano.

El neocórtex es una delgada lámina de materia gris, de apenas unos pocos mm de espesor, organizada en capas diferenciadas de acuerdo a la función desempeñada.

Allí, en el neocórtex, ocurre la percepción, el pensamiento, el juicio y la decisión, así como el proceso de gestión de los impulsos, emociones y conductas, necesarias para la convivencia con individuos de la misma especie. 

En el neocórtex se realizan las funciones mentales superiores y las funciones ejecutivas.

Las funciones ejecutivas son muy importantes para adaptarse eficazmente al entorno y alcanzar las metas que una persona se propone (Radnikow, Foldmeyer 2018; Fuster 2014; Vendejo-García, Bechara 2010; Valverde, De Carlos, López 2003).   

Paleocórtex y arquicórtex

Junto con el neocórtex están dos partes más:  el paleocórtex, que  se encarga de las funciones olfativas, y el arquicórtex, que  es la parte instintiva o “animal” del cerebro, la parte más ancestral del encéfalo humano, aparecida hace millones de años en nuestra línea  evolutiva, que se encarga de los instintos básicos.

Allí, en el sistema límbico, actúa el hipocampo, que regula, además, algunas funciones del organismo, tales como la temperatura corporal, el sueño, el hambre, el ánimo (Guyton, Hall 2011; Kandel, Schwartz, Jessell 2001). 


La cosmovisión y las creencias

En una cosmovisión ocupan un lugar muy destacado las creencias, ya  que son las responsables de establecer las pautas de nuestro comportamiento. 

Las creencias son una forma de representación mental y corresponden a uno de los componentes básicos del pensamiento consciente de una persona.

No solo en lo que se relaciona con  las  creencias ordinarias, sino también con las creencias religiosas y sobrenaturales (Kruger, Grafman 2013; Krueger, Barbery, Grafman 2009;  Kapogiannis, Barbery, Su, Zamboni, Krueger, Grafman 2009).

La neurociencia considera que existe una estrecha relación entre la práctica religiosa o mística o espiritual de una persona y la actividad desarrollada en el neocórtex cerebral, particularmente en el lóbulo frontal medio del cerebro. 

Por otra parte, se sabe que  las creencias preceden y guían los comportamientos de los individuos.

El desarrollo del neocórtex es fundamental para la adaptación a las normas sociales y para el cumplimiento de las responsabilidades que se tienen dentro de una organización social.

Para que se adquiera una creencia es necesario que se produzca antes una representación mental, y que esa creencia sea evaluada de alguna manera. 

Ese proceso de representación y evaluación ocurre en la corteza prefrontal media, es decir, en el neocórtex.

Así se adquieren valores sociales y morales, se establecen las metas de largo plazo y se aprende a controlar  las emociones y la conducta (Asp, Ramchandran, Tranel 2012; Muramoto 2004).

De esta manera se va configurando la cosmovisión que guía al grupo, a cualquier grupo, y que corresponde, en esencia, a una representación imaginaria y colectiva  del funcionamiento del mundo, de su creación y de sus creadores, y que se transmite, de generación en generación, a través de mitos y se escenifica por medio de rituales.      

Las concepciones

Una cosmovisión expresa, en esencia, una visión de conjunto sobre las concepciones que el hombre desarrolla sobre el mundo que habita, y la manera cómo él se inserta y se orienta en ese mundo.

Pero no se trata de  concepciones conscientes, productos del pensamiento.

…según Dilthey

No nacen de la pura voluntad de conocer del individuo, sino de las actividades vitales enlazadas con la experiencia de su vida y estrechamente relacionadas con su totalidad psíquica, y con los factores ambientales (clima, relieve, disponibilidades de recursos naturales, etc.) presentes en el entorno donde se actúa (Dilthey 1954, VIII, 115-119).

Para Dilthey, todas las concepciones del mundo tienen la misma estructura. Una estructura que consiste en una conexión donde se decide acerca del significado y del sentido del mundo.

Esa conexión es, para Dilthey (1954, VIII, 115),  el resultado de tres momentos psíquicos que se entrecruzan  en la comprensión del universo:

  • a) el momento representativo de una cierta imagen del mundo,
  • b) el momento afectivo-impulsivo resultante de asignar un valor a las cosas, y
  • c) el momento volitivo, en que la persona se siente por encima de la naturaleza y se cree dueño de ella.

No obstante, resulta difícil comprender con precisión lo que constituye exactamente una concepción del mundo.

…según Víktor Frankl

El psicoanalista Víktor Frankl (1973) señala que:

“El contenido de una concepción del mundo no puede llegar a explicarse nunca, íntegramente, partiendo de las raíces psíquicas de su creador”,

…pues siempre hay algunos elementos que escapan a nuestro control y que no comprendemos bien por qué se producen. 

Las creencias son en gran parte responsables de la cosmovisión que un grupo social ha construido en el tiempo, y que es transmitida inter generacionalmente.

Hasta hace unos pocos años se creía que nuestra vida estaba determinada por una interacción paritaria entre la influencia de los genes y el ambiente, y que ambos factores eran responsables, por igual, de las creencias y de la personalidad de los individuos.

Ese era hasta hace poco el gran debate entre nature (naturaleza)  y nurture (crianza), es decir, entre los factores genéticos (innatos) y los factores adquiridos (derivados de la experiencia individual y del entorno). 

Ahora se sabe mucho más. 

La genética y la conducta humana (2020)

La genética (genes, ADN), según Natham Gillespie, del Instituto de Investigaciones Médicas de Queensland, Australia (El País, Madrid, 27.10.2001), puede ser responsable en un 60 % de la personalidad de un individuo, pero el entorno o medio ambiente es imprescindible para que los genes se expresen.

Como dijo la Dra. Cori Bargmann, investigadora de la Universidad Rockefeller,  en el Congreso de la Federación Europea de Sociedades de Neurociencia, en julio de 2012:

“Los genes son como las letras, son imprescindibles para formar palabras, pero es el ambiente el que construye las frases y les da sentido”. 

La conducta animal es la resultante de la interacción entre los genes y el ambiente. Los genes determinan la vida, pero esa determinación es activada o desactivada por la influencia del ambiente o de la interacción de los genes con el ambiente (Ridley 2003). 

Un ser vivo tiende a liberarse de la incertidumbre del resto del mundo, reaccionando a las fluctuaciones del medio ambiente.

Plasticidad fenotípica

Esa capacidad de respuesta y de adaptación, que produce cambios en el carácter,  se conoce como plasticidad fenotípica (Wagensberg 2000; Nijhout 2004; Andrade 2005).

El entorno puede ser compartido (convivencia familiar y social) o no compartido (lo que procede de las experiencias individuales, que marcan la diferencia entre un sujeto y los otros).

Ese entorno es un depositario de información, que puede llegar a formar parte del mundo interno de representaciones mentales de una persona.

Los seres vivos son codificadores de una información que, al ser aceptadas, se convierten en hábitos (Andrade 2005). 

La epigenética

La epigenética, que estudia las interacciones entre los genes y el ambiente, va aún más lejos, al postular que los genes no controlan de una manera total nuestra biología.

Son las señales ambientales y nuestras percepciones de esas señales (“lo que pensamos acerca de lo que nos pasa”) lo que determina nuestro comportamiento celular y la manera en que nuestros genes se expresan. 

Nuestra biología se adapta a la información ambiental que recogen nuestros sentidos del entorno,  y a la interpretación que realiza la mente de esa información recogida del entorno.

El sistema nervioso es el mediador entre las señales ambientales y el comportamiento celular, regulando nuestros mecanismos biológicos con la liberación de sustancias bioquímicas.

Creencias, percepción, pensamientos y comportamiento

Pero -vuelven la creencias-, son las   creencias, alojadas en nuestra mente inconsciente,  las que modifican nuestra percepción.

Esa percepción  de lo que nos sucede es fundamental para que la mente decida cómo actuar.

De tal manera que nuestra percepción, y la manera en que la  interpreta nuestra mente, está en el origen de nuestro sistema de creencias que, en primera instancia, genera pensamientos y comportamientos, y construye nuestra cosmovisión

Si la creencia cambia, cambian también la percepción, los pensamientos y las respuestas neuroquímicas de nuestro cuerpo.

Es decir, si la mente cree, el cuerpo “cree” también, porque mente y cuerpo forman una unidad psicosomática.

Este aspecto es importante para entender la actuación de un chamán y su rol sanador, que actúa, a la vez, sobre la mente (el “espíritu”) y el cuerpo.

Es decir, actúa sobre la manifestación fisiológica  de la enfermedad y sobre la raíz misma de ella, una creencia o representación alojada en su mente como creencia. 

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