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Peregrinaje por Iquitos, en la Amazonía Peruana.

Había estudiado durante muchos años  las particularidades de la cultura amazónica y los elementos que la caracterizan. 

Por ejemplo, su gastronomía, los productos alimentarios y condimentos  que emplea, las técnicas que se usan y las maneras propias de sus regímenes alimentarios, así como la simbología que encierra el consumo de  sus productos y sus rituales indígenas de iniciación y paso.  

Me había interesado por su cosmogonía, que es la manera cómo los miembros de la comunidades nativas indígenas amazónicas conciben  sus interrelaciones con la naturaleza y su inserción en el mundo, desarrollando una identidad cultural, ese pegamento que les permite cohesionarse como etnia y diferenciarse de las otras, al igual que guardar distancia de los pobladores urbanos o colonos. 

De los libros a la vida real del Amazonas.

Sí. Todo eso yo lo había hecho  desde hacía varios años, pero desde las silenciosas  salas de lectura de las bibliotecas, asomándome desde las páginas de un libro como si éste fuera una ventana al mundo. Pero nunca se me había ocurrido visitar una gran ciudad amazónica, lejana, casi inaccesible.

Un día de mediados del 2015 decidí viajar a Iquitos para residenciarme allí durante al menos un mes. 

Quería tener esa experiencia, y había venido posponiéndola.  

No fue una decisión fácil. 

Había que definir bien el propósito del viaje y asegurar el financiamiento.  

El milagro de San Martín.

Al final todo se resolvió satisfactoriamente: viviría en Iquitos durante seis meses, para escribir un libro sobre la cocina de la Amazonía peruana con el patrocinio económico de la Universidad San Martín de Porres, una universidad privada con sede en Lima, que había conseguido, con su editorial, el mayor número de títulos, premios y reconocimientos mundiales en gastronomía que una universidad latinoamericana hubiese conseguido en toda su historia. 

Preparativos para mi viaje a la selva.

Antes de viajar a Iquitos estuve seis meses investigando sobre  la Amazonía, de manera casi obsesiva, en muchas bibliotecas públicas y privadas especializadas en el tema, situadas en Lima. 

Ya en el aeropuerto, antes de abordar el avión para Iquitos, a la cual solo se accede por  aire o por navegación fluvial, me di cuenta de que nada sabía de Iquitos, que no tenía idea de cómo era una gran ciudad amazónica. 

“Será seguramente como cualquier otra” pensaba para tranquilizarme. 

Hasta que me encontré con Iquitos.

Restos de la explotación del caucho en el Amazonas peruano.

Iquitos es la  capital de la región Loreto, la mayor ciudad amazónica del Perú, que fue el asiento regional de los famosos barones del caucho y de la inmisericorde explotación de los grupos indígenas. 

Cuando uno recorre las calles de la ciudad, sobre todo las  cercanas a la Plaza de Armas, hacia el malecón Tarapacá, a orillas del río Itaya, uno siente la presencia de los comerciantes de caucho, que enviaban su producto al mercado internacional, en especial a Londres, donde tenían oficinas comerciales y residía por lo general su familia. 

Rasgos arquitectónicos de otro tiempo.

Sus residencias en Iquitos eran  hermosos palacetes, con balcones y rejas de hierro forjado procedentes de Hamburgo,  mármoles de Carrara y azulejos traídos desde Sevilla o Portugal. 

La Casa Morey o el antiguo Hotel Palace son magníficas obras de la arquitectura de principios del siglo XX,  que uno no se cansa de admirar por su belleza y porque parecen irreales en medio de tanta pobreza ciudadana. 

Una Torre Eifell oxidada en la Amazonía peruana.

Todos hablan, sin embargo, de una Casa de Fierro, una estructura de láminas de hierro levantada frente a la Plaza de Armas, en el Jirón Próspero, que dicen diseñó Gustavo Eifell y que adquirió en 1889 un barón del caucho  para satisfacer un capricho personal, trayéndola desde Francia, y que ahora es un edificio que está simplemente allí, arrinconado por una nostalgia que lo oxida.    

La urbe insular del Amazonas. 

Uno se siente partícipe del paisaje alucinante de una ciudad sumergida en el tráfico estruendoso  de miles de motocar; motocicletas acondicionadas para llevar pasajeros, que surgen de improviso en las calles como si fueran insectos gigantes que amenazan con devorarte. 

O uno camina sus calles  solitarias, a las horas cercanas al mediodía, bajo un calor sofocante, preguntándose “¿qué rayos hace uno aquí?”, en medio de tanta soledad y en una atmósfera pesada que te invita a volver rápidamente al hotel para seguir sobreviviendo. 

Iquitos es una ciudad rodeada de agua por todas partes, y aunque uno casi no lo cree, es una isla urbana  confinada entre dos ríos, el Nanay y el Itaya. 

A lo lejos, el majestuoso río Amazonas, inacabable de una orilla a la otra, a cuya serena contemplación uno se vuelve adicto al día siguiente de haber llegado a la ciudad.  

Un río tan grande y caudaloso que amenaza con tragarse a Iquitos en los tiempos de creciente, cuando el mundo amazónico parece convertirse todo en agua.

CETA: Biblioteca Amazónica.

Uno se siente transportado al tiempo de los jesuítas del siglo XVIII que catequizaban a las comunidades indígenas, sumergido en una sala solitaria y callada de la hermosísima Biblioteca Amazónica, del CETA, a un costado del malecón Tarapacá. Reina allí un silencio profundo y místico, en el que uno siente  hasta el ruido de las páginas del libro que hojea.  

Magia y fantasía en el Mercado de Belén.

Ir al Mercado de Belén es otra cosa. Una experiencia inolvidable  y vivificante. En la que uno se siente metido en un estrecho, bullicioso y peligroso laberinto donde se amontona la gente vendiendo ropa de contrabando, ungüentos  de anaconda, frascos de grasa de lagarto, tabacos de coca, bebidas de productos vegetales y animales que, macerados en aguardiente, se ofrecen como potentes e infalibles afrodisíacos, sopas humeantes, amuletos para vencer la mala suerte o para  seducir mujeres imposibles, plátanos asados, carne de animales de monte, ajíes picantes, pescados frescos y ahumados, yuca de todos los tamaños, drupas de palmeras, jugos de frutas que usted nunca ha visto, huevos diminutos de tortuga, artesanías, baratijas chinas, flechas y cerbatanas, miradas furtivas y risas destempladas.  

Si usted me preguntara sobre  cómo es, en realidad, la atmósfera de Iquitos, el aire que se respira por donde uno vaya, qué cosa uno siente cuando la visita,  le respondería, sin vacilación alguna, que es un aire de sensualidad que nos embarga como si fuera un perfume trastornándolo todo.  

Si no me cree, y piensa que exagero, visite a Iquitos el día de San Juan, que es el patrono de la Amazonía, y participe en la noche del 23 de junio en el baño colectivo en el río para purificar  el cuerpo y contagiarse de alegría el espíritu.    

Autor: Dr. Rafael Cartay

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