La Amazonía ha sido escenario de innumerables relatos asombrosos, pero pocos tan inquietantes como el de los “gringos alados”: sujetos descritos como forasteros que, según los testimonios, se desplazan a través de plataformas voladoras y ejecutan actos presuntamente amenazantes. Desde la década de 1980, en regiones como la triple frontera (Colombia, Perú, Brasil) o la Selva Central de Perú, han surgido denuncias y rumores sobre “cortacabezas”, “pelacaras” o “bultos voladores”. Estas historias, que mezclan la posibilidad de una tecnología aérea avanzada con la creencia en secuestros y extracción de órganos, han sido documentadas en investigaciones académicas y también en trabajos de campo de diversa índole.
La antropóloga Salima Cure Valdivieso, en su tesis de maestría titulada “Cuidado, te mochan la cabeza. Circulación y construcción de un rumor en la frontera amazónica de Colombia, Perú y Brasil”, ofrece testimonios que circulan entre comunidades de la ribera del río Amazonas (en la región de Leticia y alrededores) sobre la supuesta aparición de extranjeros con capacidades tecnológicas muy avanzadas.
Es importante aclarar que la referencia recurrente a “gringos alados” no alude necesariamente a ciudadanos estadounidenses. La palabra gringo se utiliza frecuentemente en la amazonía y en suramérica en general para referirse a extranjeros de piel blanca, sin distinción de nacionalidad. Si bien es cierto que el país comúnmente relacionado a la categoría gringo es Estados Unidos, también Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, Noruega y Suecia fueron mencionados
Los rasgos que la mayoría de los testimonios (que son muchos) coincide en señalar son:
- Aspecto extranjero: hombre de tez clara, rasgos no locales, a veces con casco o máscara.
- Traje oscuro como de astronauta y antibalas: traje ajustado que cubre gran parte del cuerpo, botas y, en ocasiones, guantes o un cinturón con artefactos desconocidos.
- Plataforma de vuelo: una especie de plataforma voladora con propulsión, capaz de elevarse y desplazarse a buena velocidad.
- Posible arma de fuego: algunos dicen haber visto un fusil o rifle en sus manos.
El boca a boca ha tejido un temor colectivo: si son capaces de volar y portar armas, ¿qué impide que secuestren personas o cometan acciones violentas en el silencio de la selva? Y sobre todo, ¿quién los financia?
A continuación tomamos los casos registrados en 2009, el correo de Edinson Espíritu y el boletín municipal de Río Santiago, y los contrastamos con testimonios recogidos por el trabajo publicado por Salima Cure Valdivieso en el año 2005, en varias comunidades (por ejemplo, el “Kilometro 6”, “Macedonia”, “Puerto Esperanza” y “Tarapoto”). Sugerimos la posibilidad de que estos “hombres voladores” manejen tecnología desarrollada tras la Segunda Guerra Mundial como veremos más adelante. Finalmente, especularemos sobre los presuntos móviles de estas incursiones —que podrían incluir tráfico de órganos, de personas, o incluso objetivos de agencias de inteligencia—, y reflexionaremos sobre el impacto psicológico que generan en las poblaciones ribereñas.
Los relatos sobre forasteros que acechan a la población no son nuevos en la Amazonía. En la década de 1980, comenzaron a popularizarse historias acerca de individuos blancos que extraían grasa o piel (los llamados “pishtacos” o “pelacaras”), adaptando temores antiguos a un contexto contemporáneo. Sin embargo, según lo observado por la investigadora, a partir de los años noventa empezó a cobrar fuerza el rumor de los “cortacabezas” en varias comunidades de la ribera del Amazonas (entre Colombia y Perú). Esto coincidió con la llegada de nuevos grupos de madereros, comerciantes y, en ciertos casos, proyectos de investigación extranjeros.
Paralelamente, en la Selva Central peruana, Santos Granero y Barclay documentaron que, ya hacia 2008 – 2009, se denunciaron “gringos alados” en territorios asháninka y awajún. Ejemplo de ello fueron:
- El correo de Edinson Espíritu , que advertía sobre hombres con “alas de acero”, invulnerables a las balas y supuestamente dedicados a atacar niños para extraerles ojos y corazón.
- El boletín municipal de Río Santiago , que describió la aparición de “bultos voladores” o “gringos” en la comunidad de Guayabal, donde un técnico de enfermería dio la alarma por radio.
Bajo el título «Guayabal: invasión de seres extraños ¿verdad o ficción?» (Boletín 2009), el texto de la noticia decía que siete comuneros habían descrito a seres que descendían del espacio dentro de una bola de cristal que reflejaba luces multicolores. Los comuneros dispararon repetidamente apuntando a la bola de cristal a una distancia de 3 metros, sin embargo declararon que las balas no penetraban en el bulto. También se decía en esta nota que los comuneros habían pernoctado para tratar de captar la imagen del supuesto gringo, pero sin resultado alguno. Finalmente se recomendaba estar alerta ante esta situación y comunicar de inmediato con las autoridades locales.
Este cruce de sucesos en la frontera amazónica y en la Selva Central revela la amplitud del fenómeno, pues no se limita a un único departamento o país, sino que se expande por diferentes ríos y comunidades.
Casi todas las versiones del rumor comparten unos elementos básicos:
- Aparición de una luz potente o reflectores multicolores en la noche, descrita a veces como un “aguilón de metal”.
- Hombres de tez clara (“gringos”) que, equipados con trajes oscuros y cascos, se desplazan con un ruido leve o casi inaudible.
- Un arma —rifle, cuchillo o linterna cegadora— con la cual paralizan a la víctima.
- Extracción de órganos (cabeza, ojos, corazón) con fines desconocidos, pero relacionados con comercio o rejuvenecimiento.
El relato no siempre menciona la decapitación literal; en ocasiones se habla de incisiones quirúrgicas. Pero la noción de “cabezas robadas” está muy extendida, y se asocia con historias anteriores de “sacamantecas” o “pelacaras”.
En su tesis, la autora describe varias entrevistas realizadas en ciudades amazónicas de colombia como Leticia y Puerto Nariño pero también en comunidades como “El Castañal”, “Puerto Esperanza”, “Macedonia” o “Tarapoto”, ubicadas a lo largo del Amazonas, cerca de Leticia (Colombia) y en la triple frontera con Perú y Brasil. Si bien cada testigo tiene su propia versión, hay convergencias notables.
En el siguiente cuadro la antropólogo realiza una síntesis de todos los testimonios que pudo recabar en su investigación donde podemos identificar rápidamente la edad, proveniencia del entrevistado así como el rasgo principal de su testimonio y si había oído hablar antes del sacamantecas o pelacaras. Aquí se puede apreciar que muchas de las personas que tuvieron encuentros con las luces no habían escuchado hablar anteriormente de pishtaco ni sacamantecas o pelacaras, es decir, su relato sobre las luces no estaba influenciado por historias anteriores lo cual, a mi modo de ver, lo hace más verosímil.
Por ejemplo, en Leticia, René, un joven yagua de 18 años, le contó cómo había sido atacado por una de estas luces de la siguiente manera.
“Una noche, en junio de 2002, pescando con mi papá cerca de Puerto Nariño, se veía como un águila grande, como un murciélago que tenía un reflector. Nos estuvo persiguiendo, pero mi papá ya sabía y le disparó. Resulta que era una persona así, son gente blanca de la ciudad, son unos gringos que son mandados para cortar la cabeza con unas máquinas que les servían para sostenerse en el aire…. resulta que andaban con unos cuchillos y unas navajitas para cortar el cuello, también con unas máquinas para sacar partes del cuerpo importantes como el corazón … antes mi papá no creía, antes que le pasó eso…” (Rene)
En la comunidad del Castañal, un indigena Ticuna identificado como Don Faustino le contó que aunque él nunca ha sido atacado o perseguido por esa luz, sí la ha visto pasar y ha escuchado muchos rumores desde hace más o menos cuatro años. Sin embargo, lo relaciona con una historia más antigua que escuchaba cuando tenía ocho años y vivía en el Perú. Para él, lo de los cortacabezas, no es más que una serie de estudios que vienen desarrollando los gringos hace mucho tiempo en la región, desde cuando empezaron a sacar grasa humana y luego las “caretas” de las personas, como dijo.
En Puerto Esperanza, un indígena del pueblo cocama, llamado Casimiro, le confesó que él no había sido atacado por las luces, pero que sí las había visto. En la misma comunidad otro indígena Ticuna llamado Leandro le contó que hace como tres años él fue atacado por los cortacabezas, que la luz lo botó al agua y que tuvo que estar escondido en una palizada hasta el amanecer. La luz la ha visto pasar en otras ocasiones, y que según rumores de otros compañeros esta historia se viene escuchando seis años atrás, que antes no ocurría nada parecido y se podía salir a pescar tranquilo.
Gabriela, otra indígena ticuna, también de Puerto Esperanza, dijo no haber sido perseguida o atacada ferozmente por los cortacabezas, aunque sí haber visto la luz muchas veces y haber escuchado innumerables historias al respecto. Pero ella, al igual que don Faustino, relaciona cortacabezas con las historias de pishtaco y sacacaras que le contaba su mamá cuando era pequeña. Para ella no es más que una cadena de experimentos y trabajos que los gringos vienen desarrollando con la población indígena.
Gabriela y otro individuo identificado como Don Gregorio le señalaron una gran ceiba que supuestamente serviría de base para los gringos voladores.
En la comunidad de Tarapoto la antropologo Salima Cure Valdivieso entrevistó a Edgar, otro ticuna quien dijo haber visto pasar infinidad de veces esas luces sobre los lagos y también que le han contado muchas historias de cortacabezas, sin embargo, confesó no haber sido atacado.
En el kilómetro 6 también consiguió testimonios de primera mano de indígenas que aseguraron haber sido perseguidos por estas luces paralizantes.
La aparición de unas luces de colores que se ven pasar por el cielo a gran velocidad, siempre es contado en primera persona y es asumido como una incuestionable realidad; incluso la misma autora y otras personas de fuera de la región, como quien escribe estas líneas, las hemos visto
Como se aprecia en cada uno de estos casos, aparentemente no se han conseguido cuerpos decapitados ni evidencia contundente de ningún tipo. Sin embargo, los testimonios generan una respuesta comunitaria palpable: rondas nocturnas, restricciones para salir a pescar y desconfianza hacia cualquier extraño que se acerque con linternas o aparatos electrónicos.
Según otro trabajo de investigación, entre los asháninka del Perené y los awajún del Alto Santiago, en la amazonía central, el rumor de los “bultos voladores” o “gringos alados” llegó a su punto álgido en el año 2009
En este trabajo de investigación se afirma que:
“se han avistado gringos alados en las zonas de Satipo, Pangoa, Ene y Perené, así como a lo largo de la carretera que comunica Puerto Bermúdez con Pucallpa. En este último sitio, un grupo de asháninkas y colonos vio a uno de estos seres volando por encima del dosel del monte cuando se le bajó una llanta al carro en el que viajaban. Por lo general los gringos alados son hombres, aunque en ocasiones son mujeres. En algunas de las versiones que circulan en la región se dice que pueden volar gracias a sus alas de acero; en otras, que lo hacen gracias a unos motorcitos que llevan amarrados a su estómago y que prenden y apagan por medio de un botón ubicado a su costado. Generalmente salen de noche. Cuando se desplazan, emiten luces multicolores y portan una linterna muy potente con la que ciegan a sus víctimas. Su objetivo es raptar niños y jóvenes —aunque a veces también matan adultos— para quitarles el corazón y otros órganos con el fin de enviarlos a los Estados Unidos, donde se usan para hacer trasplantes a gente anciana. Se dice que siempre llevan consigo una pequeña congeladora llena de compartimentos donde guardan los diversos órganos que extraen de sus víctimas. Algunos afirman que cuando uno de estos gringos alados rapta a un niño o niña suele dejar a cambio una suma de dinero. En todos los casos se dice que sus víctimas nunca vuelven a aparecer.”
Por lo general, se dice que estos “gringos alados” escapan en cuanto los descubren. Se cuenta que en la comunidad de Pumpuriani (Perené), los habitantes ahuyentaron a uno que estaba descendiendo para llevarse a un niño. En otras ocasiones, los lugareños han decidido unirse para capturarlos: en Zutziki (Perené), se relata que atraparon a dos y los quemaron. En Mazamari, mataron a uno al que encontraron con mucho dinero. En la zona del Ene, circula la historia de un asháninka que dio muerte a uno, le quitó el motor y, sin querer, lo activó al presionar un botón, saliendo volando hasta la comunidad de Poyeni, en el río Tambo, donde finalmente lo mataron al no reconocerlo.
Para muchos pobladores, la motivación de estos “gringos alados” se vincula con el tráfico de órganos, pero también con la extracción de “fuerza vital”. Se cree que la cabeza o el corazón del indígena tendría propiedades que las sociedades occidentales codician, sea para rejuvenecer o vender en redes clandestinas.
Así mismo, un sector de la población apunta a la idea de que estos hombres voladores podrían ser agentes de una organización. Santos Granero y Barclay en su estudio publicado en el año 2010 señalan a la CIA (La agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos), pero también la sospecha de redes criminales con alta tecnología para moverse en zonas rurales sin ser detectadas.
La alusión a la tecnología de vuelo individual no es puramente especulativa. Diversos reportes históricos confirman que, después de la Segunda Guerra Mundial, el ejército de Estados Unidos comenzó a experimentar con plataformas voladoras, o “hoverboards” rudimentarios . Entre 1955 y 1960, se realizaron pruebas con dispositivos conocidos como “jet packs”, aunque no prosperaron por problemas de autonomía y seguridad.
En décadas posteriores, la investigación militar avanzó de manera clandestina, y algunos especialistas aseguran que existieron prototipos más sofisticados de lo que el público conocía. De manera que, si hoy día dichas plataformas operan en exhibiciones civiles, no es descabellado suponer que desdhace e tiempo podrían existir versiones para fines encubiertos.
El 14 de julio de 2019, el inventor francés Franky Zapata sobrevoló el desfile militar en París a bordo de su “Flyboard Air”. Iba vestido de negro y empuñaba un fusil, causando asombro en los espectadores. Los principales medios a nivel mundial reseñaron el hecho y las implicaciones de defensa que el aparato puede tener.
Entonces, la imagen de un sujeto planeando por los aires con arma en mano deja de ser ciencia ficción y se acerca a los hechos relatados en los rumores, dándole verosimilitud.
Tanto en la Selva Central como en la frontera colombiana, surge el nombre de la CIA. No faltan quienes asocian a estos hombres voladores con planes de control territorial o espionaje. La CIA tendría la capacidad de introducir aparatos y personal camuflado en zonas remotas, aprovechando la debilidad de las instituciones locales.
La otra gran posibilidad es la existencia de redes criminales que utilicen plataformas voladoras para secuestrar gente en áreas donde la presencia estatal es mínima. Se les atribuiría la venta de órganos en el mercado internacional y la desaparición de individuos de comunidades aisladas.
Desde la perspectiva local, la falta de evidencia oficial —o la ausencia de registros policiales contundentes— no supone la inexistencia de los hechos. Por el contrario, se interpreta como muestra de la capacidad clandestina y el poderío económico de dicha organización.
Ante la difusión de estos rumores: Las comunidades ribereñas hacen rondas nocturnas, advierten sobre el peligro de pescar en solitario durante horas tardías. Niños y jóvenes reciben advertencias para no deambular lejos de casa. El miedo afecta la cotidianidad, e incluso se limita la colaboración con investigadores que traen cámaras y grabadoras.
En la Selva Central hubo casos de líderes comunales que solicitaron refuerzos policiales,
Sea que se trate de hechos reales o proyecciones colectivas, la sola fuerza del rumor evidencia una tensión continua en la Amazonía: la defensa del territorio frente a los intereses externos que, con o sin máquinas voladoras, generan incertidumbre en la población local.
Referencias principales
- Cure Valdivieso, S. (2005). “Cuidado, te mochan la cabeza”. Circulación y construcción de un rumor en la frontera amazónica de Colombia, Perú y Brasil. Tesis de Maestría en Estudios Amazónicos. Universidad Nacional de Colombia, Sede Amazonia.
- Santos Granero, F. & Barclay, F. (2010). Bultos, selladores y gringos alados: percepciones indígenas de la violencia capitalista en la Amazonía peruana. Anthropologica Vol. XXVIII (1), 21–52.
- [Otros artículos referidos] ‘Ejército norteamericano ya usaba plataformas voladoras en 1955’, consultado en ComputerHoy (20minutos.es)
- The New York Times en español (2019). ‘Un hombre vuela con rifle en el Día de la Bastilla’.

Lic. en Comunicación Social mención Comunicación para el Desarrollo Humanístico (Universidad de Los Andes, 2005). Director y guionista de cine y TV. Especialista en Marketing Digital (SEO, SEM, Adwords, Adsense). Gerente General (CEO) en DMT Agency. Es editor fundador del portal delamazonas.com entre otros.