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«Milagro exprés»- Viaje en barco de Manaos a Leticia con solo 0,12 euros

marzo 8, 2026

La siguiente crónica es un capítulo del libro "Latinoamérica cabe en un autobus" original de la periodista, traductora y escritora venezolana Melanny Hernández R.

Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R

Al aeropuerto de Manaus llegué el martes 30 de julio, de madrugada. Lo primero que tenía que hacer era comprar una hamaca para dormir en el barco. La alternativa habría sido dormir en un camarote, pero era mucho más caro.

Para variar, la corporación no me había pagado aún. Previendo que podía ocurrir, le había pedido dinero prestado a dos de mis mejores amigas. Una hizo la transferencia inmediatamente, pero cometió un error, y en mi cuenta tenía sólo 0,12 euros… y yo tenía que, o sí o sí, tomar el barco para llegar a Colombia; y la otra hizo el envío a través de Western Union.

Cuando, angustiada, caminaba del aeropuerto hasta la parada para tomar el autobús para el centro, dije en voz alta: «¡Por favor, Dios ayúdame!» Justo en ese momento un muchacho salía del edificio, con una camiseta con la palabra «FAITH», en mayúscula (fe, en inglés).

Recordé, de inmediato, que semanas atrás, en Salvador de Bahía había visto la palabra «faith» dos veces. Ya no era una coincidencia ni una sincronía, era una orden.

Sin saber qué haría fui hasta el puerto, donde no tenía otra opción que embarcarme. Tipo «todo o nada». Había un barco que demoraba cuatro días en llegar a Leticia, pero no estaba trabajando. Para lograr volar el 6 de agosto desde Leticia hasta Bogotá tenía que zarpar ese día, en el barco que tomaba seis días en hacer el mismo trayecto.

Para hacer la historia más dramática, al capitán le dije que si perdía el vuelo a Bogotá perdería la oportunidad de ver a mi familia. Hasta les hablé de mi condición de refugiada en Italia. Todo para que me dejara viajar sin antes haber pagado.

E imagino que toqué el corazón, del cuerpo bien nutrido, del capitán, quien por ser peruano-brasileño hablaba español.

Alrededor de la 1:20 p.m. ya habíamos salido. Sentía la adrenalina corriendo por mis venas. Ahora sólo quería descansar. Subí al segundo piso del barco, donde había más espacio, pues la mayoría prefería viajar en el primer piso, donde había televisores y también estaban más cerca del comedor.

Como no tenía una hamaca —no pude comprarla antes—, me senté en el piso, donde pensaba dormir.

Al verme así, una muchacha se me acercó. Me dijo que tenía una hamaca extra y que me la podía prestar. El amigo con quien ella, una australiana de origen alemán que nació en India, y su novio viajarían no pudo tomar el barco; y ellos se quedaron con la hamaca disponible.

Viaje en barco por el rio amazonas desde manaos (Brasil) a leticia (Colombia)
Viaje en barco por el rio amazonas desde manaos (Brasil) a leticia (Colombia)

Las probabilidades de que un evento como ese ocurriera eran infinitesimales… e incluso sin tener ninguna papeleta yo había ganado una lotería. Me sentía conmovida al corroborar que había algo, daba igual llamarlo Dios, la Vida o el Universo, que quería que yo estuviera allí, en ese momento, a pesar de todos los inconvenientes. Esa mano gigante e invisible, tal vez la misma que me había impedido volar el 13 de diciembre, había estado allí acompañándome, abriendo (o cerrando) puertas, empujándome, ayudándome a cargar las mochilas y protegiéndome. 

Horas más tarde, sentada en la cubierta, mirando los palafitos, sentía curiosidad rayana en el asombro ante el estilo de vida de los locales. ¿Cómo hacen para hacer mercado?, ¿Cómo envían a los niños a la escuela?, ¿Cómo es la cotidianidad en un lugar como este?, me preguntaba.

En la noche, acostada en la hamaca, que estrené yo, me decía que si tuviese que escoger una sola palabra para definir la jornada sería «milagro» o, tal vez, «sincronía»… Mas no, la verdadera palabra era «FE», la certeza sin pruebas.

Viaje en barco por el rio amazonas desde manaos (Brasil) a leticia (Colombia)
Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R

El día siguiente, 31 de julio en mi diario escribí:

«Ya casi un día viajando y hasta ahora todo ha sido smooth, incluso agradable y divertido. Ayer estaba destruida. Después de una cena tempranera (5:30 – 5:45 pm), me quedé en la cubierta hablando con unos franceses que viajaban como mochileros. Hasta bailé salsa con dos de ellos. «Cali pachanguero, Cali, busca un nuevo sueño» … Y fui a la cama, es decir a la hamaca, a las 10 p.m., puede que antes. Ahora estoy leyendo un poco y recordando que cuando, en enero, le dije a Andrés que había decidido no tener hijos, él dijo: “Sí, está bien, tú eres un pájaro”. En ese momento estuve de acuerdo, pero ahora puedo ver que los pájaros vuelan juntos, en bandadas, e incluso construyen sus nidos. Así que quiero ser como ellos: volando en familia y teniendo nuestro propio nido».

En la travesía del Amazonas, a bordo del barco, veía brasileños con otras facciones, pero, en su mayoría compartían un rasgo común: eran entrados en carnes y les gustaba tomar cerveza. También había peruanos y colombianos, pues la destinación estaba en las Tres Fronteras.

La imagen que tenía del Amazonas, más cercana al Libro de la selva, contrastaba con lo que veía, sea durante la navegación que cada vez que el barco atracaba en las islas para descargar mercancía y para que algunos pasajeros bajaran y otros subieran. Había visto vacas, casas con antenas parabólicas —aunque no vi tendido eléctrico—, una escuela y un par de iglesitas.

La primera sorpresa, sin embargo, fue ver niños en canoas que se acercaban hasta el barco, desde donde, no sé si miembros de la tripulación o algunos pasajeros, les lanzaban chucherías, que ellos, con maestría, lograban atrapar.

La rutina se resumía en admirar los amaneceres y atardeceres, comer (desayuno, almuerzo y cena), leer, escuchar música —o ser torturada por quienes escuchaban reggaeton, vallenato y trap—, sentarse en la cubierta (fuese en una silla de plástico o en el suelo) a contemplar el río, la vegetación y los pocos animales que se dejaban ver, como el delfín rosado, echarse en la hamaca, ducharse (cosa que por motivos logísticos no hacía todos los días), conversar y acostarse a dormir.

Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R

La dieta era muy limitada, por no decir repetitiva… al menos para mí, que no comía ni carne ni pollo. A diario servían farofa —harina de yuca cocinada con tocino— con arroz blanco. Para comer algo más que arroz blanco, le quitaba el bacon, aunque la grasa del cerdo quedaba allí.

Muchos ni siquiera se sentaban en el comedor, donde se entraba por turnos; preferían llenar sus contenedores de comida y comer sentados en sus hamacas.

La temperatura variaba mucho: en el día tenía la sensación de estar en un horno, y en la noche el frío era tal que era difícil dormir.

Cada día era lo mismo, aunque podía variar según las personas con quienes interactuaba; porque cuando se viaja solo es inusual estar siempre solo. Como si se tuviera una especie de señal lumínica en la cabeza que dice «puedes acercarte», a diferencia de cuando se viaja en compañía, y los otros se aproximan, así sea por curiosidad.

Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R
Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R

Como un dominicano, un negro un poco rollizo y con cadenas de oro, quien, de la nada, comenzó a conversar conmigo… para presumir de sí. Tenía pinta de ser músico de rap o reggaeton, pero no lo era. Según él, muchos pensaban lo mismo y solían llamarlo «artista». Lejos de eso, se dedicaba a prestar dinero. Tenía cuatro años viviendo en Francia, estaba casado con una francesa (ambos tenían hijos de relaciones anteriores) y esperaba que Dios le diera dos niños.

Todo esto me lo contaba sin que yo le hiciera mayores preguntas. Lo suyo era más bien un monólogo. Cuando supo que seguía soltera y sin hijos, me dijo: «¡Tienes que apuralte! Uno sólo se lleva la familia, y cuando vives lejos de tu familia, tu familia es la que haces». Esta última frase, dicha con una «l» en lugar de una «r», entre todas las sandeces que dijo, fue la más sensata.

Luego, comenzó a contarme acerca de su vida en París.

—Los blancos son racistas y detentan el poder; y a los negros no les gusto porque yo estoy bien vestido y tengo el «pelo bueno»— me dijo y me resultó curioso que, como en Venezuela, tuviera el concepto de «pelo bueno» (liso/ondulado) y «pelo malo» (rizado). Me preguntaba si estaba consciente del (auto)racismo de su comentario.

Acto seguido, me mostró el reloj, de marca, que estaba usando cuando llegó a Manaus y que, siguiendo el consejo de una venezolana se lo quitó, para no ser robado. También había decidido usar chanclas, para no llamar la atención, aunque en Francia jamás saldría así.

Le dije que, en cambio, durante todo el viaje me había vestido  cómo me estaba viendo: con chanclas o botas de trekking, bolso multicolor tejido, bandana y pantalones holgados.

—Hay gente sencilla que se viste como gitana— me soltó… y contuve la risa. Quizá él, como el tipo de Coroico, pensaba que yo era una vendedora de inciensos.

 Y me parecía escuchar a mi papá diciendo, con manfiesto menosprecio: «¡Negro que no es pretencioso no es negro!», en alusión a quienes, como él, no se cansan de echarse flores.

—Las mujeres de los negros son feas. En cambio, las dominicanas (mestizas, indias o blancas) son bellas, y hacen que los negros africanos, o francoafricanos, sientan envidia. Además, las francesas blancas prefieren a los negros como yo— disparó, porque lo suyo era un bombardeo de alardes, tanto que hacía más bien recordar el adagio «¡Dime de qué presumes y te diré de qué careces».

Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R
Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R
Índice

Cada loco con su tema

A las 8 a.m. del 2 de agosto, paramos en Fonte Boa, una de las tantas localidades —algunas eran más bien ciudades con más de cien mil habitantes— que se encuentran en la Amazonia brasileña. Algunas personas se bajaron, y muy pocas subieron. Entre lugareños y miembros de la tripulación, cargaron colchones, motores de lancha, cajas de comida y chucherías. Me daba la impresión de que se trataba de un sitio grande, aunque desde el muelle no se podía ver nada.

Lo común entre los pasajeros era ver familias, incluso con bebés. Pocas mujeres iban solas. En el piso donde estaba yo, aparte de mí, había una alemana que tenía al menos un año viajando sin compañía. Ya había estado en África, y ahora enseñaría inglés en Colombia. Ella hablaba algo de español, aunque a leguas se notaba que era europea.

Nunca le pregunté sobre su experiencia como viajera, pero seguro que habría estado de acuerdo en que estando por su cuenta era más fácil conocer personas. Hubo, por ejemplo, un muchacho, un indígena que comenzó a hablar conmigo. Se había montado en Tonantins y se dirigía a Leticia, para encontrar a un primo suyo. Tendría unos treinta años y era la primera vez en su vida que viajaba. Estaba superemocionado, y, tal vez, me lo dijo para que alguien fuese testigo de ese hito en su existencia.

Cada vez que hacíamos una parada, si era posible bajaba para dar una vuelta. En una ocasión, por curiosidad, entré en un restaurancito, y me sorprendieron regalándome una taza de ensalada de frutas. Justo lo que necesitaba: algo dulce y ligero.

Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R
Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R

En otro momento, vi palafitos… rodeados de basura. ¡Y yo que pensaba que quienes vivían más cerca de la naturaleza tendrían más conciencia ecológica!

La última figurita que me faltaba para completar los encuentros en el barco usaba una bata azul oscura. Era un misionero de la “Iglesia de Israel”. Se sentó a mi lado durante la cena, y me habló acerca de santificar las fiestas, respetando los ciclos de la luna y tres fechas: Pascua, Corpus Christis y Octubre. Habló también del Nuevo Israel, que se encontraba en Cuzco, Perú. Después quiso venir hasta mi hamaca para continuar su prédica, pero pude esquivarlo, y él terminó conversando con otro hombre, quien vivía en el Amazonas y, además, era también misionero protestante. Entonces, comenzaron a hablar acerca de la Biblia y coincidieron en que «el enemigo» trabaja a través del más «débil»: la mujer.

Machistas y fanáticos: ¡Bingo! Dios los crió y el «enemigo» —como dirían ellos— los juntó.

Ahora podía ver una bandera peruana. Un poco más adelante estaba Colombia. Sentía que en tierra firme, comenzaría un nuevo capítulo.

El tiempo, que transcurría con la misma lentitud del barco, al final, pasó volando.

El último día, el lunes 5 de agosto, llegamos a Tabatinga a las cuatro de la tarde, al menos cinco horas después de lo previsto. Una vez en Colombia, fuimos (una pareja colombiana de enseñantes de jiu jitsu, la australiana, la alemana y yo) en un taxi compartido a la oficina de inmigración brasileña. El funcionario no dijo nada acerca del hecho de que me quedé uno o dos días más. 

Después de eso, fuimos a la agencia de Western Union, en la sede del Banco de Brasil, y no pude obtener la plata porque para hacerlo debía tener una cuenta en ese banco. En Leticia, en el lado colombiano, tampoco pude retirar los fondos de mi cuenta italiana.

El dinero que mis amigas me habían enviado, a través de vías distintas, estaba allí, pero no estaba disponible. El resultado era el mismo: tenía menos de 15 reales; y eso porque un tipo a quien le pedí que compartiera su internet conmigo me dio 10 reales después de enterarse de que era venezolana, como algunos parientes suyos.

No sabía qué hacer, ni adónde ir… y ya eran más de las 5 pm. Cuando estaba allí, fuera del banco, los franceses pasaron en un taxi y me dijeron que el resto del grupo no había conseguido hotel. Decidí tomar un taxi al puerto para decirle al capitán que no tenía los medios, pero que sí tenía la intención de pagarle. Estando en el taxi, cambié de idea y decidí ir al hotel donde los chicos se hospedarían.

Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R
Viaje en barco por el río Amazonas desde Manaos (Brasil) a Leticia (Colombia). Fotos originales de: Melanny Hernández R

Al llegar allí, ellos estaban tomando un taxi para ir a otro hostel, pues no había habitaciones. Una vez en el otro hotel, decidí tomar un mototaxi, que solo me cobró seis reales por llevarme al puerto y regresar al hotel. Una vez en el barco, le expliqué todo al capitán, quien, echado en la cama, viendo TV, semejaba a una morsa. Él me dio los datos de su cuenta bancaria y ya. De regreso al hotel, tenía dos/tres cosas de las cuales ocuparme: pesos para pagar esa noche, dinero para cenar esa noche y desayunar el día siguiente, y dinero para llegar al aeropuerto. Terminé pidiendo dinero prestado a la alemana, quien me dio el equivalente a 30 euros.

Cenamos, de regreso al hotel, me duché y me acosté. Apenas dormí cinco horas. Había reanudado las traducciones y vista la diferencia horaria, tuve que levantarme a las 5 am. También estaba nerviosa porque el día anterior no pude ir a la oficina de inmigración colombiana. Antes de las 7 dejé el hospedaje. Después de desayunar, fui en mototaxi al aeropuerto, y esperé un buen rato antes de que el agente de inmigración llegara. A las 8 a.m. fui a sellar el el pasaporte. Luego, el funcionario me invitó a desayunar y, aunque no tenía el estómago vacío, acepté porque me pareció que era buena gente.

A las 11:25 el avión despegó y alrededor de las 1:15 p.m. aterrizamos en el aeropuerto El Dorado, en Bogotá.

latinoamerica cabe en un autobus de melanny hernandez r
Portada del libro Latinoamérica cabe en un autobús escrito por Melanny Hernandez R

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